miércoles

Comer sin apetito

Siempre era tarde. Para ella. Para mí. Demasiado tarde para comprendernos en una relación que desde el principio había sido del todo incomprensible. Hacíamos por vernos una vez cada cierto tiempo. Elegíamos las pensiones más sórdidas. Barba de media tarde, yo. Cigarrillo en mano, ella. Divagábamos sobre los desatinos del destino. Buscábamos un sentido, como quien busca un tablón a la deriva. Pero era tarde. Siempre tarde.

Me miraba a los ojos y me explicaba esa sensación compartida de no haber llegado a tiempo a nada en la vida. No tenía respuestas que venderle. Me limitaba a escuchar y a asentir. Escuchar con frecuencia es mas difícil de lo que parece.

Su compañera de trabajo le había hecho una jugada y la habían despedido. Era actriz. Protagonizó tres o cuatro obras en la universidad, y su ego se disparó. Pero el mundo real no universitario era algo más cruel. Menos aplausos. Trabajaba en una cafetería. Ahora tenía pensado conquistar otra ciudad. En New York era más complicado que en Los Ángeles. Según sus palabras. Probaría suerte una vez más.

Pagué la cuenta y saltó sobre mí. Me duele la cabeza, le expliqué. La verdad es que la realidad, una vez más, me había quitado el apetito.

2 comentarios:

Kay. dijo...

Vaya, es genial :D

Gracias por pasarte. te seguiré ^^

Elizabeth Hernández dijo...

creo que terminaré por conocerte más en este rincón puñetero de blogspot que en Casablanca, con todo y su "Mami", ¡joder!